Poco más que nada

A veces me pregunto si no fue un error abrirte las puertas de mi corazón. Recuerdo cuando apenas empezábamos a conocernos, que bromeábamos entre preguntas y respuestas, fingiendo querernos sólo como un juego, cuando en realidad el sentimiento era mucho más intenso.

Creí que podríamos oscilar eternamente en la cuerda floja sin caernos. Pero trastabillé, me extendiste la mano y no pude aferrarla. Me precipité en el vacío inmundo engendrado por mis propios miedos y desaparecí en la hiriente ironía de mis pensamientos. Tan grande fue mi temor de llegar algún día a lastimarte, que opté por destruirme a mí misma. Y por cada vez que traté de conservar tu alegría, fui despedazándome por dentro.

Ahora no sé cómo hacer para sobrevivir a tu silencio, para regresar a mi vida diaria sin el calor de tu compañía. Jamás creí que algo así pudiera afectarme de una manera tan inconmensurable. Supongo que algo nuevo se aprende cada día. Es sólo que… De haber sabido que esa era nuestra última despedida, me hubiese gustado sellar todo con un beso. Al menos así hubiese podido extrañar algo real, no una fantasía completamente incierta.

Perdón si escribo sobre ti, no es que estés obligado a leerlo. Sencillamente me asusta pensar que algún día te conviertas tan sólo en un lejano recuerdo.

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